Soy la menor de tres hermanas. Nos criamos en la casa de mis abuelos, condición que se imponía entre otras, producto del golpe económico que atravesaba el gobierno de Alfonsín y que les impedía a mis padres continuar con su proyecto de casa propia.
Vivimos todos juntos en la casa de la calle Alberti en el barrio de San Cristóbal hasta que a mis 6 años mi abuelo enfermó yéndose para no volver y mis viejos se separaron.
Nos criamos casi siempre al cuidado de mi abuela mientras mi mamá continuaba sus estudios para recibirse de médica. Mi infancia y mi abuela son una sola palabra.
Sobre esas calles, que rodeaban la casa, construí gran parte de mi identidad, el barrio supo ser extensión del hogar, sobre todo desde el aspecto humano. Siempre conté con el cuidado, compromiso y complicidad de los vecinos y comerciantes. Me crie en esa pequeña comunidad comprendida por unos pares de cuadras. Mi universo era la casa y el barrio, no había mucho más.
En mi infancia soñé con ser bailarina clásica, poeta, actriz y pintora. Soñé y jugué a serlo, pero nada trascendió al juego.
Tampoco mi interés por la fotografía que estuvo latente desde muy chica y que se limitaba a un entusiasmo exagerado por ir a la casa de fotos con la ilusión de saber que aún faltaban revelar los recuerdos. Ese universo me atraía, sin sospechar siquiera el motivo de tal aseveración.
En mi adolescencia, entre los años 2000 y 2002, despertaba de forma consciente a lo ocurrido en la historia reciente mientras la realidad actual nos atravesaba completamente. Era urgente indagar sobre el pasado para entender el presente que nos aplastaba impiadoso.
Desde la primera marcha a la que asistimos con mis amigas por Memoria, Verdad y Justicia hasta los llamados entre nosotras para organizar en qué esquina de la Avenida San Juan nos encontrábamos con olla y espumadera en mano, no había pasado mucho.
Conmovida e interpelada por las secuelas de un modelo económico excluyente que coronaba su hazaña con hambre, pobreza y muerte, tomar conciencia y actuar en consecuencia se imponía, todo al mismo tiempo.
Mientras tanto transcurría el 2002 y mi último año de secundaria, decidir qué iba a estudiar pensando en el futuro mientras el país estaba en llamas parecía una quimera. Recuerdo que en casa la comida no faltaba, para ese entonces mis viejos ya eran profesionales y podíamos acceder a lo necesario pero el miedo a que falte y la incertidumbre se olía en el aire.
No obstante, ese año continúe yendo al taller de pintura que había comenzado el año anterior, motivada por una búsqueda estética de expresión. Taller que finalmente inclinaría mi decisión por iniciar mis estudios en el campo de las artes visuales y que derivaría en ese interés latente, la fotografía.
Es así que en el año 2003, sin mucha claridad ni información ingresé al Centro Cultural Ricardo Rojas y cursé Introducción básica a la Fotografía I y II, la experiencia no resultó. Al año siguiente, me crucé con La Escuela Práctica de Fotografía Teófilo Dabah que resultó estar más orientada al trabajo en laboratorio. Ahí finalicé una suerte de especialización en la materia pero la realidad es que no tenía un mango para sostener el estudio, no encontraba trabajo (realidad imperante) y mi tiempo se iba ocupando cada vez más en lo que sería mi vida los siguientes casi 10 años. La militancia.
En esos años dejé la fotografía convencida que la retomaría en cualquier momento y con más herramientas, nunca imaginé que pasarían tantos años.
Me volqué a la militancia en los barrios populares, milité en el Movimiento Piquetero Barrios de Pie, de la entonces organización política Patria Libre, ligada a la resistencia de los 90’ y a la vanguardia piquetera, mi "deber ser" estaba del otro lado de la cámara, pensé.
En esos años estudié Ciencias Políticas creyendo que aportaría al colectivo mi análisis mejor fundado y por que la participación también requería un cambio en lo personal antes de volverse absolutamente voluntarista, algo que a la larga terminó siendo inevitable y solté la militancia partidaria.
Y así, la vida que en su vaivén todo transforma, hoy tengo 38 años, quiero volver a la calle a poner el cuerpo pero esta vez de éste lado del lente de la cámara fotográfica, pienso.
